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La lámpara de Aladino



Recordaréis lo que ocurrió con Aladino y la lámpara. Alguien se aprovechó de su ausencia y le cambió la lámpara vieja (que era la que tenía poderes) por otra nueva. Eso de los poderes me recuerda la serie que ahora mismo estamos viendo en televisión y que tiene enganchados a muchos de nuestros alumnos. La menciono porque no tiene nada que ver con esas series sobre institutos en la que todo es un auténtico desastre. Esta serie se llama "Los protegidos" y nosotros la hemos rebautizado como "Los raritos".

Pues bien, igual que los niños de esa serie tienen poderes, así los tenía la lámpara vieja de Aladino y se quedó sin ella, pues se la cambiaron por una nueva. Lo de cambiar algo nuevo por algo viejo me recuerda a las máquinas de coser. En las casas de antes solía haber una máquina de coser, de marca Sigma, Alfa, Omega (todas se llamaban más o menos así, con nombres de letras griegas). En un momento dado se puso de moda cambiar la tradicional máquina de nombre griego por otra supermoderna con mueble incluido. Muchas amas de casa cayeron en la trampa, pero se dieron cuenta pronto del error que habían cometido. Las nuevas máquinas no eran ni de lejos tan fantásticas como las anteriores. Para empezar eran mucho más feas y luego hacían unas labores muy poco cuidadas. En fin, una filfa.
Hablando de cambios: todo esto viene a cuento porque existía una costumbre que me parece perdida. La de cambiar tebeos o novelas. Se trataba de un establecimiento que tenía como forma de funcionar el hecho de que las personas llegaban con sus novelas (de amor o del oeste) y tebeos, para cambiarlos, según la sencilla clasificación: nuevos, regulares y viejos. Además del cambio, tenías que pagar una pequeña cantidad, pero te permitía leer un montón de cosas que, de otra forma, estaban fuera de tu alcance.
"Los sitios de cambiar novelas" me han parecido siempre una maravillosa forma cooperativa de fomento de la lectura. Recuerdo que nosotros cambiábamos las novelas en Casa de Secundina, que se sentaba detrás del mostrador y no le quitaba ojo al intercambio, no fuera a ser que te llevaras algo nuevo por algo viejo (como en lo de la lámpara, ya véis).

Como estoy hablando de hace unos años atrás, en aquel tiempo los cambios de novelas y tebeos estaban muy diferenciados entre chicos y chicas (había algunas excepciones, desde luego, como esos tomos de "Hazañas Bélicas" que me trajo mi padre, porque, total, no había varones en la casa y no los habría hasta muchos años después). Los chicos leían tebeos de acción y de guerra y, sobre todo, todísimo, novelas del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía, mayormente. Mi primo Cecilio era un as del noveleo y, cuando venía de vacaciones al pueblo, se dedicaba a cambiar novelitas diariamente, porque las consumía a pares (tampoco era un mérito, eran muy delgaduchas). Esos libros de Estefanía significaron el encuentro con la lectura de muchísimos chavales y también de hombres ya más mayores. Para algunos supuso lo que Harry Potter o la saga Crepúsculo, todo un descubrimiento de un mundo, un vocabulario y unos personajes.

¿A qué viene todo esto? Pues a que la editorial Planeta acaba de publicar una novela debida a la pluma de Silver Kane, que no es un escritor de Arizona, sino el pseudónimo de Francisco González Ledesma, quien, sorteando la censura, decidió escribir con este nombre en el género que ha hecho fortuna en los "sitios de cambiar novelas". González Ledesma, Silver Kane, publica ahora sin censura, la novela "La dama y el recuerdo" y lo hace con vocación de mostrar lo que llevaba dentro y que salía a cuentagotas en sus "novelitas".

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